Elisa Sánchez

LA MUDANZA CONTINUA QUE COMENZÓ EN VILLADIEGO

Pregunta: ¿Dónde vives actualmente y cómo llegaste allí? ¿A qué te dedicas?. 

Respuesta: Actualmente vivo en Paisley, un pueblo a las afueras de Glasgow, al oeste de Escocia. Llegué aquí gracias a una beca de prácticas internacionales de la Junta de Castilla y León. En este caso es una estancia de 5 meses en la que trabajo de asistente personal de una artista increíble, D.O.M. (@domartstudio). La verdad es que mis funciones cubren desde llevar la contabilidad y administración de la empresa hasta las redes sociales y organizar eventos, son unas prácticas muy completas. La empresa, D.O.M. Art, está formada por nosotras dos así que no hay dos días iguales y hemos pasado de ser compañeras de trabajo a ser familia en apenas cuatro meses. ¿He mencionado que tiene dos perros encantadores? 

P: ¿Qué es lo que más de menos echas de Villadiego? 

R: El pan de Morales. Aparte de eso, que cómo no lo voy a echar de menos; la mayor parte de mis recuerdos están asociados a olores: el olor a galletas por la mañana al ir al instituto, el olor a chimenea cuando salía por las tardes. Eso para mí es casa. Cuando estoy viviendo en una ciudad extraño como nada el poder ver los atardeceres, ya que tener el horizonte a la vista es un privilegio al alcance de muy pocos, y yo lo tuve media vida a través de la ventana de mi habitación. 

Mi habitación… uf, parece que los caseros hacen apuestas para ver cuál es el peor colchón que pueden colarte. Otra cosa simpática de Villadiego, e imagino que de cualquier pueblo, es el saludarse por la calle. Ese «te saludo aunque no te conozca porque si no lo hago voy a quedar de engreída o de forastera» que te otorga el título oficial de vecino. Intenta ir diciendo hola por Budapest, a ver qué pasa.

P: ¿Te ha costado asentarte a vivir sola en un lugar nuevo?

R: Todos los comienzos son difíciles, eso lo sabemos todos. Tuve la suerte de hacer la transición de forma gradual, porque primero me fui a León a estudiar y vivía en una residencia universitaria. Personalmente, opino que hay pocas opciones mejores que el mudarse a un lugar nuevo con una familia de 100 estudiantes. El Erasmus en Irlanda fue la prueba definitiva, ahí sí que estaba sola, y la primera semana no fue fácil: lluvia a todas horas y un acento incomprensible, happy days! Pero llegó un día que de repente cambié el chip. Hacía sol, todo el mundo estaba especialmente amable y descubrí que estaba rodeada de gente maravillosa. A partir de ahí, fue coser y cantar. Y lo sigue siendo: al acabar la carrera me mudé a Budapest de prácticas cuatro meses, que pasaron demasiado rápido; luego estuve de aupair y con trabajillos de fin de semana en Londres durante seis meses y ya, sin avisar, me llamaron de Paisley cuando menos lo esperaba. Supongo que a estas alturas he aceptado que mi estado natural es «de mudanza», y no lo llevo mal; puedo presumir que he aprendido a llevar mi vida en una maleta de mano (tamaño Ryanair) y dos cajas de IKEA.

P: Si pudieras llevarte una sola cosa de tu pueblo al lugar donde estás viviendo ahora, ¿cuál sería? 

R: Unas persianas que realmente funcionen no estaría mal. Ahora en serio, no tengo ninguna duda que me llevaría a mi abuela. Ella lleva sufriendo todo esto conmigo desde el principio, y por mucho que le hable de los sitios tan increíbles que visito o todo lo que estoy consiguiendo, sé que nunca lo verá con mis ojos. Me encantaría que pudiese vivir lo que estoy viviendo. Sé que lo que hago y lo que aprendo de todo esto tiene un valor incalculable, y la riqueza cultural a la que estoy expuesta es un lujo, pero para ella, su nieta está cada día más lejos. Ojalá entendiese la importancia que tiene para mí el formarme como lo estoy haciendo y, sobre todo, lo feliz que me hace. Ella sería la más dichosa sabiendo que estoy a gusto, y a mí me haría extremadamente feliz el saber que ella no sufre al pensar que estoy lejos de casa. 

P: ¿Mantienes el contacto con la gente de allí? 

R: Tengo la suerte de contar con un grupo de amigos que siempre me reciben con los brazos abiertos. No importa que hayan pasado tres semanas o seis meses, tomaremos una cerveza en el Moskly y todo será como si nada hubiese cambiado. Pero no nos engañemos, hay que aceptar que cada uno hemos seguido nuestro camino y tenemos mil historias en las que los otros ya no están, y tal vez ni siquiera entienden. Es a lo que te arriesgas al marcharte, y en cierto modo el volver trae la incertidumbre de «¿habrán cambiado las cosas?”, “¿se acordarán de mí?». En mi caso, es una grata sorpresa cada vez que llego a casa en Navidad y, a pesar de que cada uno está de vuelta de una situación distinta, nos juntamos y todo es… como siempre.

P: ¿Qué consejo le dirías a alguien que quiere irse… pero no acaba de atreverse? 

R: La magia que tiene Villadiego es que siempre va a estar ahí. Arriésgate y prueba cosas nuevas, porque si sale bien, puede cambiar tu vida, si sale regular, vas a tener miles de historias que contar a tus nietos y, si sale mal, siempre podrás volver y te recibirán con los brazos abiertos. No sabría decir si lo de ser nómada es innato o se aprende, pero te aseguro que se mejora con la práctica.

P: ¿En qué sentido crees que esta situación te ha hecho crecer? 

R: La independencia que disfruto ahora mismo es tal, que incluso me estreso cuando paso en casa más de tres días. Se aprende a la fuerza, porque pasas de esperar a que tu madre pida hora para tu peluquería a tener que tratar las condiciones de tu contrato de piso en un idioma que no es el tuyo. Personalmente, he aprendido algo que cambió mi perspectiva respecto al estar fuera de casa, y es que el echar de menos no debe de ser temido sino apreciado. 

Me explico: en lugar de no hacer algo por miedo a que en un futuro lo vayas a echar de menos, deberíamos vivirlo todo de tal forma que, cuando ya no esté, lo podamos echar de menos. Claro que echo de menos Villadiego como la que más, pero eso no quita para que no extrañe el vivir sin mirar el reloj en Galway, los paseos a casa de noche en un Budapest iluminado, o el leer más libros que en mi vida esperando en el transporte público de Londres. Ahora que estoy en Escocia, viviendo con dos perros que -extraoficialmente- ya he adoptado, y estoy segura que las vistas que tenemos al vivir a los pies de los Highlands no las voy a encontrar en ningún sitio. Y qué me dices del color verde, no he visto cosa igual. Mi vida será un caos, pero si hay algo que sé de seguro es que cuando llegue el momento de marcharme de donde quiera que esté… lo echaré de menos.

P: Si pudieras cambiar algo de tu estancia allí, ¿cuál sería? 

R: El clima, qué novedad. El Norte de Villadiego es una cosa (la cual también echo de menos), pero el llover todos los días del año es otra muy diferente. Rápidamente entiendes el porqué de las plagas de turistas británicos en España, y es que el cuerpo y la mente necesitan un descanso de esta rutina tan gris. Por otro lado, es inspirador ver cómo los planes de la gente de aquí no se amargan por la lluvia, mientras que un día de sol pone una sonrisa en la cara de todo el mundo. Es como si todo el país despertase de buen humor, y se nota.

 

NOTA DE AGRACIMIENTO PARA ELISA POR SU COLABORACIÓN